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El que no llora, no mama
 

En mi  casa siempre me han enseñado que “el que no llora, no mama”. 

 

Es un dicho coloquial de mi país, Venezuela. Agradezco enormemente esa lección, porque eso me ha abierto muchas puertas.

 

Estando en Siena, una ciudad espectacular de Italia, mi mamá y yo entramos a una de las mejores tiendas de delicateses  del mundo; según National Geographic, la 4ta mejor.

 

Al entrar, suspiré profundo, tratando de asimilar tanta maravilla junta. Cada rincón de la tienda exhibe selecciones de quesos, jamones, salchichones, vinos, aceites de oliva, vinagres balsámicos etc. de la zona. El local es una obra de arte! Se llama Pizzicheria De Miccoli. 

 

 

Pregunté  si podía tomar una foto -aunque soy de las que prefiere pedir perdón que pedir permiso- y la respuesta fue un rotundo “no”, mientras el encargado señalaba un letrero gigante que decía “prohibido tomar fotos”.

 

Comencé a poner en práctica las lecciones que me han enseñado en casa.

 

Mi primera estrategia fue echarle flores al local. Le dije al señor: “Pero este lugar es tan especial y tan bello que hay que compartirlo con el mundo”. En ese momento el encargado abrió el libro de National Geograpchic y me enseña que, efectivamente, ocupa el 4to lugar del mundo.

 

Segunda estrategia: echarle flores al señor. Le dije en Italiano machucado “pero si usted fuese feo, yo entendería, pero siendo usted buen mozo, cuál es el problema?” El sonrió y contestó “yo solo sigo órdenes”.

 

Me contó que en Italia hay una ley de privacidad e inmediatamente lo interrumpí pidiéndole que me la explicara.  Al instante sentí un codazo de  mi mamá mientras me susurraba que ya había insistido lo suficiente. Tercamente, seguí diciendo lo injusto que me parece privar al mundo de tanta maravilla (a estas alturas, mi mamá me quería matar un poquito).

 

 En eso, salió Antonio, el dueño del local. Estaba escuchando desde adentro y supongo que quiso salir a ver quien era la terca que no paraba de molestar.

 

Antonio, mi nuevo mejor amigo, salió con una bandeja gigante llena de regalos, quesos, jamones, salamis, panes y aceites de oliva y por supuesto, dos copas de vino tinto. Digo “por supuesto”  porque allá tomar vino es como tomar agua.

 

Después de conversar unos minutos, y dos copas más, Antonio tomó mi mano y  me pidió que lo acompañara. Un segundo después, estábamos caminando a la parte de atrás de la tienda, agarrados de manos, cual novios. Yo estaba muerta de la risa. Subimos unas escaleras súper angostas a otro piso, y al llegar, me encontré con una cocina espectacular! 

 

Habían tres cocineros empacando  productos y un dulce de almendras delicioso, típico de la zona, que Antonio me dio a probar. Me presentó a los cocineros, pero luego me dijo que sólo había un nombre que debía recordar: “Antonio, Antonio, Antonio”.

 

Bajamos, Antonio tomó un delantal y un gorro de cocinero y me los puso.  Regresamos a la parte principal de la tienda y le dije a mi mamá “mamma, guarda!!” (mami, mira). 

 

Entonces, en ese momento, Antonio le pidió a mi mamá que tomara una foto.. Ajaaaaaa!

 

Pasé de no poder tomar fotos, a tener al dueño del local pidiendo que nos tomaran fotos! 

 

Antonio sacó también de regalo el postre  (galletas, chocolate y mermelada de vino tinto), dos copas más de “vino santo” (un vino dulce, delicioso, parecido al sauternes) mientras le decía a los demás clientes: “un sorriso apre tutte le porte” (Una sonrisa abre todas las puertas).

 

Al final, estábamos gozando tanto, que se me olvidó tomarle fotos al local! Jajaja

 

Moraleja: siempre es mejor pedir perdón, que perdir permiso; Y el que no llora, no mama..

 

Y cuando toque “llorar”, hazlo siempre con una sonrisa. : )